¿Todos los gatos son bellos?

Sergio W. Tenis

¿Somos libres?

La sociedad nos demanda cumplir las normas de tráfico, no golpear gente al azar, no decirles “puta de mierda” a las mujeres. El mundo civilizado parece requerir el sacrificio de ciertas libertades, amordazándolas por su propio bien, domando los instintos egoístas y brutales de los seres humanos.

Si no hubiera normas (y nadie nos vigilara), posiblemente no recogeríamos las mierdecillas de nuestro perro, para qué nos vamos a engañar. Es una acción que evolutivamente no tiene sentido, pues nos quita —además de las ganas de tener mascota— valioso tiempo para desperdiciarlo en asuntos más agradables.

Malfada, segundos antes de ser multada.

 

Las leyes y el miedo al castigo por no cumplirlas evitan que los ciudadanos vayan por ahí robándole a la gente o que se involucren con el narcotráfico, incluso si apenas pisan la prisión por ello. Los violadores no pueden campar completamente a sus anchas. Más tarde que temprano, después de acumular varios delitos, se les terminará condenando.

El agente del orden enseña un nuevo paso de baile.

Hay un equilibrio inestable entre lo bestial y lo civilizado. La balanza se desequilibra cuando quienes aplican los castigos no tienen un control sobre su propia fuerza, amparados por leyes cuestionables. La ley mordaza permite que te multen por algo tan subjetivo como una “falta de respeto” (más de 21000 multas en ese apartado en 2017). La palabra del agente es inapelable, excepto que presentes pruebas contundentes a tu favor. Si tienes la mala suerte de cruzarte con alguien como los policías de Linares (pero estando ellos en servicio) y no puedes presentar pruebas, pueden multarte, detenerte o hacerte algo peor, aunque te encuentres tranquilamente cuando lleguen con su porras.

En Madrid la intervención policial es dispar e injusta. En Lavapiés amenazan con multarte si entre dos sorbos de tu cerveza no te pones la mascarilla. Mientras tanto, a un par de paradas de metro de distancia, en Ponzano, la gente festeja como si no hubiera un mañana, mientras los patrulleros circulan haciendo la vista gorda. No es lo mismo protestar contra el confinamiento en Vallecas que en el barrio de Salamanca o en Santander. Es imposible que este tipo de inequidades no generen desconfianza y rechazo.

El caso Hasel y las manifestaciones consecuentes han agregado combustible a una hoguera que hace tiempo viene ardiendo. Los defensores de la ley y del orden no deben crear disturbios. Pero lo hacen, con actuaciones tan realistas que despistan a sus propios compañeros.

Primer policía nominado a los Oscars.

Siempre habrá manifestantes violentos y alborotadores. La diferencia es que a ellos no se les paga, con dinero público, para demostrar una conducta ejemplar. Las brutales cargas policiales ponen en tela de juicio cómo las fuerzas de seguridad actúan, cómo se forman y qué perfil predomina en ese entorno. Paladines de la serenidad, no son. A eso lo sabemos de sobra hasta por el tono con el que te piden el carné de conducir. Por eso es importante buscar herramientas legales que modulen esa agresividad, derogar aquellas que la amparan y reclamar una evaluación estricta para seleccionar fuerzas policiales más limpias de violencia, porque quizás no todos los gatos sean bellos, ni todos los cerdos apesten, pero, ¿conocen a alguno que no huela, al menos, un poco?

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