Arcimboldo

Agustín de Hipona

En 2016 se llevó a cabo en el Museo del Prado una exposición antológica de las obras de El Bosco para conmemorar el V centenario de su fallecimiento. El éxito fue rotundo, dado que de todas las exposiciones monográficas habidas en la zona de ampliación del Museo fue la que contó con mayor asistencia de gente de distintas nacionalidades que deseaban ver reunidos en nuestro país los cuadros y dibujos del genio holandés.

Gran parte de las obras expuestas de El Bosco correspondían a las que realizara en los inicios del siglo XVI, ya que su vida transcurrió a caballo de dos siglos: entre el XV y el XVI. Y si hago referencia al dieciséis se debe a que también esta época conoció a otro singular pintor: el italiano Giuseppe Arcimboldo. 

A diferencia del genio holandés, creador de mundos tan sorprendentes que aún hoy son motivo de indagación y estudio, Arcimboldo se centra en la metamorfosis pictórica de rostros humanos generados a partir de frutas, hortalizas, plantas, hojas, peces, etc.

De todos modos, hay un punto que les une, ya que sus cuadros no son respuestas visuales a lo que las personas perciben en sus entornos; responden, más bien, al mundo de los sueños y de las fantasías, por lo que para encontrar dignos continuadores de ambos tenemos que saltar al siglo XX y acercarnos a surrealistas como Salvador Dalí, René Magritte o Giorgio de Chirico para entender que el mundo onírico también es representable en imágenes. 

A diferencia de las frías tierras holandesas que vieron nacer a El Bosco, Giuseppe Arcimboldo vino al mundo, en 1527, a las cálidas tierras de Milán y dentro de una familia de pintores. 

Su entorno familiar fue un factor decisivo en su vida, dado que desde muy pequeño estuvo en contacto permanente con el taller artístico paterno. De su adolescencia y juventud no se conocen obras significativas. Se sabe que, a la edad de 22 años, tanto él como su padre recibieron el encargo de diseñar las vidrieras de catedral de Milán, así como una serie de tapices para la catedral de Como.

Estos trabajos, consistentes en la realización de los bocetos y dibujos previos a las ejecuciones, configuraron la base de su formación antes de dar el salto definitivo hacia la pintura que, desde el punto de vista de los estilos pictóricos, se la suele encuadrar dentro del manierismo.

Giuseppe Arcimboldo se dio a conocer más allá de las tierras milanesas cuando tuvo la singular idea de pintar rostros a partir de frutas y hortalizas, circunstancia que despertó amplia curiosidad entre los reyes europeos, deseosos de novedades con las que mostrar sus renovados gustos a sus cortesanos. Esto dio lugar a que fuera pintor de la corte de los Habsburgo durante veinticinco años, entre 1562 y 1587. Para ello, tuvo que dejar su taller de Milán e ir a residir primero en Viena, para después instalarse en la ciudad de Praga.

En los inicios de este artículo he mostrado uno de sus cuadros, pero, dado que es posible localizar en la actualidad por medios digitales sus obras, haré referencia a algunas de ellas para que puedan comprenderse visualmente.

Quizás el tema más popular de todos los realizados por Arcimboldo fuera el que, a instancias del emperador Maximiliano II, plasmara como “Las cuatro estaciones”, es decir, cuatro personajes que simbolizan cada uno de ellos la primavera, el verano, el otoño y el invierno. Su punto de partida sería expresar, en distintos rostros humanos puestos de perfil, los cambios que se producen y se muestran en la naturaleza a través de las conocidas estaciones que marcan los ritmos anuales.

El carácter festivo, alegre y vitalista está mayoritariamente presente en sus cuadros; sin embargo, esas metamorfosis que evolucionaban de las plantas y frutos hacia los rostros humanos, en ocasiones, provocan cierto horror y repulsión en el espectador. Esto que indico puede comprobarse cuando observamos su versión de “El invierno”, lienzo que puede contemplarse en el Museo del Louvre.

A la sensación de desagrado que provoca el tronco del árbol con el que construye el rostro de “El invierno”, se unen las de agobio y cierta repugnancia que surgen al contemplar los lienzos titulados “El agua” y “El jurista”. El primero de los indicados, construido con animales marinos (peces, pulpos, tortugas…), resulta bastante desagradable; más aún, si pensamos que se trata de un rostro de mujer, dado que la palabra ‘agua’ es femenina, tal como el autor nos lo hace ver con el collar de perlas que añade al conjunto.

Por otro lado, “El jurista”, pintado en 1566, también se encuentra en el Museo Nacional de la capital de Suecia, es decir, en Estocolmo. Como puede apreciarse, el rostro se compone de pollos desplumados y de pescado, de modo que del mismo se desprende una desagradable mueca de desprecio en la boca del personaje que surge de esta composición.

Para cerrar esta introducción a la obra de Giuseppe Arcimboldo, quisiera apuntar que fue un pintor muy popular en vida. Sin embargo, llegó un momento en que sus obras ya no causaban el asombro de sus inicios, por lo que, tras su fallecimiento, en 1593, no tuvo continuadores, hasta que los surrealistas del siglo pasado retomaron las ideas que subyacían en sus pinturas para profundizar en el mundo de los sueños, el erotismo o el sinsentido de la existencia.

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