El lado oscuro

Fortunata Wolf

Hace unos días aprovechaba mi visita navideña a España para someterme a un tratamiento dental que en mi país actual de residencia me habría dejado el bolsillo y,  con toda seguridad,  mi cuenta del banco temblando. Mi incipiente alegría se vio truncada repentinamente cuando, en el temido sillón del dentista, con la boca abierta y completamente desarmada, tuve que escuchar las “noticias que no salen en la tele porque no quieren que nos enteremos” de labios (eso sí, completamente enmascarillados) de mi dentista y sus auxiliares.

 

Me relataron la presencia de jóvenes marroquíes “con móvil” en hoteles de cuatro y cinco estrellas canarios, a donde habían volado en aviones fletados por el gobierno, con nocturnidad y alevosía, y con la complicidad de la Cruz Roja. En las escasas ocasiones que pude cerrar la boca pregunté la finalidad de estos terribles sucesos, extremo que el dentista desconocía, pero que su auxiliar zanjó con un argumento demoledor: “Es lo que quieren los comunistas, cargarse el turismo de España dando mala imagen”. Al inquirir por las fuentes, no dudaron en atribuirle a “unos vídeos que yo he visto” una credibilidad total, e incluso nombraron a un tal “murciano encabronado” como fundamento intachable. Tengo que confesar que tal maremágnum de disparates me causó gran estupefacción por inesperado, teniendo en cuenta que el sanitario había pasado por la universidad y tal. Sin embargo, mi incredulidad se transformó en comprensión cuando, en un paseo posterior por la capital de la comunidad con más porcentaje de votantes de VOX en España, pude contemplar una proporción similar de Rojigualdas en las benditas mascarillas, que tanto revelan sobre las personas que las portan.

Seguro que el lector ya se habrá informado sobre el bulo de los moros en hoteles de lujo canarios, el cual es tan fácil de desmontar que sigo asombrándome ante la falta de rigor de sus crédulos. Mi asombro vuelve a caer al pensar, con cierta condescendencia, en el destino de sus votos. Y me pregunto: ¿es posible que, al igual que hay 26 millones de objetivos fusilables, también haya alrededor de, como mínimo, unos cuatro millones de estúpidos en este país? Sin querer faltar al respeto, cuando hablo de estupidez me refiero a la necedad de creer a pies juntillas cualquier dato que se ofrezca sin comprobar su autenticidad.

Así que a continuación, en mi misión de agente doble, o más bien, de intentar meterme en la piel de alguno de esos cuatro millones, comencé a ver los vídeos de youtube del “murciano encabronado”, un hijo del rigor y de la información fiable, que tiene cerca de cien mil suscriptores en su canal. Al comenzar a pensar en este artículo, mi intención había sido la de desbaratar sus vídeos con hechos y principios básicos, pero debo admitir que no pude acabar el primero de ellos, de tan solo ocho minutos. En este, las consignas “gobierno narco-socialista”, “tonto Simón”, “votante palmero”, “efecto llamada”, “Iglesias culpable de la muerte de ancianos”, “peor gobierno de España desde 1934”, “el 8 de marzo fue el origen de la pandemia” se suceden, y sin ninguna gracia. Me agota desmentir este tipo de estulticias una y otra vez porque no podré conseguir NUNCA que mis argumentaciones sean escuchadas por una audiencia que solo piensa en hablar cuando llegue su turno para seguir repitiendo las mismas majaderías que ya expuse en otro artículo, aludiendo a las técnicas de Goebbels para transformar mentiras en verdades. Con este youtuber, se demuestra que sus seguidores lo son porque se regodean al recibir continuamente sus lemas; es decir, les encanta revolcarse en su propia mierda, sin importarles el color, textura u olor de esta. En otros términos menos escatológicos, el voxtante recibe, cual rata de laboratorio, su dosis justa de drogaína que le permita seguir enganchado a su secta, como los likes de Facebook de los que habla el maravilloso (aunque algo largo) documental The Social Dilemma.

Mi curiosidad por el lado oscuro me dirigió a una columnista de La Razón con un estilo de escritura pretencioso pero tristemente deslucido. Se llama Carla de la lá, y la única referencia que he obtenido de ella la he encontrado en el blog de LOC, en donde se la describe como la mejor anfitriona de Madrid. Con esas credenciales, ¿cómo no voy a adentrarme en un artículo que pretende, con una socarronería forzada, definir al votante de izquierdas? ¿O en este otro en el que parece querer dar una lección magistral sobre la utilidad de las lenguas, a propósito de la superlativamente tergiversada Ley Celáa? Recomiendo fervientemente la lectura de este último, pues asegura su autora que ha investigado mucho para escribirlo (absolutamente nada que ver con los que hemos invertido varios años de investigación doctoral en estudios filológicos), lo cual la capacita para, a grandes rasgos, describir al euskera como lengua inútil y fracasada históricamente y que dicho argumento sirva para rebelarse contra la opresión que el gobierno impone para aprender lenguas inservibles.  Que se lo digan al noruego, hablado por la mitad de hablantes que tiene el catalán, por ejemplo.

Una vez embarrada, prefiero seguir profundizando, pues este tipo de lecturas puede llegar a enganchar, debido al alto número de dislates que en muchas ocasiones se tornan inesperados. Así que vayamos al que nunca defrauda, Francisco Marhuenda, que  en la ocasión histórica de la primera vacuna de coronavirus administrada en España,  “Gracias a Dios y no al Gobierno”, también el título de su editorial, arremete incansablemente contra los anticlericales que indudablemente intentan dilapidar la verdadera fe. No obvia el director del insigne periódico a los científicos, pero los coloca, como en los artículos científicos donde el primer autor ostenta el mérito del primer lugar, después del tal Dios, el ente responsable de la fabricación de la vacuna pero no del desarrollo del coronavirus o de la difusión de una pandemia global que ha puesto el mundo patas arriba. ¿O sí, y ha sido un aviso por haber hecho posible un gobierno socialcomunistajudeomasónico?

Da que pensar. Sobre todo para despilfarrar mis pocos ahorros en un tratamiento dental en el país teutón.

2 comentarios sobre “El lado oscuro

  1. Me temo, Fortunata, que esos a los que aludes padecen una enfermedad incurable que se llama “aporofobia”, y que el diccionario de la RAE la define como “odio a las personas pobres o desfavorecidas”. Es una enfermedad muy difícil de curar, puesto que esos individuos o individuas diariamente toman su correspondiente dosis alucinógena llamada ‘fanatissme’ (sí, con dos eses), que las necesitan imperiosamente para que sus sandeces se las crean a pie juntillas.
    No le des muchas vueltas, porque lo conveniente es estar lo más alejados posible de ellas para que uno no acabe rojo de ira y con la tensión por las nubes.

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    1. El término aporofobia ha sido acuñado a partir del trabajo de Adela Cortina. Para entender un poco lo que denuncia Fortunata recomiendo el libro: “Aporofobia y plutofilia, la deriva jánica de la política criminal contemporánea”.

      En este sentido, creo que el siguiente término que debería recoger la RAE es el de “plutofilia”, derivado de plutocracia, como un sentimiento opuesto al de aporofobia y consistente en la adoración de los ricos.

      Finalmente, me vais a permitir citar a Adam Smith, el gurú del capitalismo, que escribía algo como esto:

      “The disposition to admire, and almost to worship, the rich and powerful, and to despise, or, at least, neglect persons of poor or mean conditions… is the great and most universal cause of the corruption of our moral sentiments.”

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