La Balsa de la Medusa

Agustín de Hipona

Tradicionalmente, se ha considerado que el gran objetivo del arte es plasmar la belleza, tal como la entienden los autores de las obras. Esta idea se rompe en el siglo pasado, aunque ya en el siglo XIX comenzó a penetrar el pensamiento de que los lienzos también servían para denunciar situaciones que quedaban ocultas a la gente.

La Balsa de la Medusa

Esto contrasta con nuestra sociedad de los medios de comunicación en la que ciertas tragedias, caso de los naufragios de los emigrantes que buscan salir de sus países inmersos en guerras internas o buscando una salida a la pobreza, terminan por dejar indiferente a la población de países con un cierto nivel de bienestar o, peor aún, son motivo para que las extremas derechas acusen a los gobiernos de pasividad ante la “carne humana” (palabras de Matteo Salvini, siendo Ministro de Interior italiano) que se nos viene encima.

Como ejemplo de ese nuevo enfoque quisiera citar a uno de los grandes pintores franceses que se atrevió a realizar una interpretación pictórica de la tragedia de un naufragio, hecho que generó un enorme escándalo en ciertos sectores de la alta burguesía parisina.

Me estoy refiriendo al lienzo La Balsa de la Medusa que pintó Théodore Géricault, cuadro que fue expuesto al público en 1819, es decir, hace dos siglos.

Pero antes de pasar a narrar brevemente la historia de esta tragedia, quisiera indicar que Géricault había nacido el 26 de septiembre de 1791 en Ruan, capital de Normandía, al norte de Francia. Su formación fue de corte academicista, sin embargo, pronto se rebela con esos planteamientos fríos y con fines decorativos, por lo que comienza a pintar directamente del modelo, sin dibujos preparatorios, con el fin de lograr dar verdadera vida a sus lienzos.

Con veintiún años se desplaza a Italia para estudiar a Miguel Ángel, al que admiraba profundamente. Posteriormente, se traslada a Inglaterra para conocer de cerca la obra de Constable. Puesto que su vida fue muy breve, ya que falleció en París en 1824, con solo treinta y tres años, podemos decir que su obra es una síntesis en la que combinaba las formas del barroco de Rubens con el realismo romántico, construyendo escenas en las que buscaba la exaltación de los sentimientos de los protagonistas. Sus temáticas estaban, pues, alejadas de aquella pintura tan fomentada por la nobleza y la alta burguesía, en la que prevalecían los hechos históricos idealizados a través de los personajes heroicos y mitológicos.

Desde esta postura inconformista se entiende que se embarcara en la realización de un lienzo de grandes dimensiones (491 x 716 cm) como fue La Balsa de la Medusa, su obra maestra que, actualmente, se puede contemplar en el Museo del Louvre de París.

Sobre ella, Ann Kay, licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Kent, nos cuenta que “cuando La Balsa de la Medusa se presentó en el Salón de París de 1819 provocó un escándalo considerable y horrorizó a las clases dirigentes, puesto que la escena narra visualmente la historia auténtica del naufragio, además, ponía al descubierto lo que aconteció con la fragata La Medusa y que el Gobierno francés trató de ocultar”.

Para comprender el significado de este lienzo, conviene que sigamos el breve relato histórico relacionado con la escena que se nos describe en este magnífico cuadro.

Con fecha de 16 de junio de 1816, la fragata La Medusa (La Méduse) salió del puerto de Rochefort, con destino a Senegal, acompañada de otras tres embarcaciones. El capitán era el vizconde Duroy de Chaumereys, un tanto inexperto, puesto que no tenía muchos años de navegación. La finalidad de este viaje era la de aceptar la devolución que hacía el Gobierno británico a Francia de la entonces colonia senegalesa.

En un intento de avanzar y ganar tiempo, la fragata se desvió de su ruta unos 100 kilómetros, dando lugar a que el 2 de julio encallara en un banco de arena cerca de lo que actualmente es Mauritania.

La Medusa llevaba 400 personas a bordo, entre pasajeros y la tripulación, pero solo contaba con botes para unas 250 de las mismas, que fueron las que pudieron utilizarlas para salvarse. La tragedia comenzó muy pronto, cuando el capitán y sus oficiales se nombraron en primer lugar para acceder a los botes salvavidas, dejando a unas ciento cincuenta abandonadas a su suerte, que inmediatamente se hundieron en la desesperación.

Si tenemos en cuenta que el sustento que se le proporcionó a la tripulación abandonada consistía en una bolsa de galletas, dos contenedores de agua y unos barriles de vino, podemos entender que en la primera noche, aterrados, unos veinte hombres acabaron suicidándose o fueron asesinados.

Como último medio de supervivencia, el resto construyó una balsa de unos 20 metros de largo por 7 de ancho con el intento de lograr alcanzar tierra firme.

Según la crónica firmada por el periodista Jonathan Miles, “la balsa arrastró a los supervivientes hacia las fronteras de la experiencia humana. Desquiciados, sedientos y hambrientos, asesinaron a quienes se amotinaron, comieron de sus compañeros muertos y mataron a los más débiles”.

Transcurridos trece terribles días en el mar, la balsa finalmente fue localizada por una nave. Fueron rescatados solo los quince hombres que habían logrado sobrevivir.

El mismo cronista anotaba que “este incidente se convirtió en una enorme vergüenza pública para la monarquía francesa, recientemente restaurada en el poder tras la derrota definitiva de Napoleón”.

No era de extrañar, pues, que la exposición de la obra de Théodore Géricault generara un auténtico escándalo, ya que una cosa es el relato de la prensa y otra bien distinta que se mostrara en una pintura de grandes dimensiones en el prestigioso Salón de París, que anualmente organizaba la Academia de Bellas Artes de la capital francesa, siendo por entonces el acontecimiento artístico más importante del mundo.

De este modo, Géricault, en una obra cargada de gran valor simbólico, nos muestra, en un mar embravecido y bajo densas nubes, el momento en el que los pocos supervivientes que quedaron ven en el horizonte un navío que puede ser su última salvación. Ahí está ese joven de torso desnudo y ennegrecido que subido en un tonel agita su camisa. A su lado, otro lo hace con una blanca, y detrás de ellos, un grupo se agita por la esperanza que se les abre ante el imprevisto milagro. Y, en la parte inferior, un anciano pensativo sostiene uno de los cadáveres que se acumulan en la parte baja de la balsa.

Doscientos años después de ser mostrada públicamente, La Balsa de la Medusa no deja de ser una bofetada a quienes, en un capitalismo desaforado, desprecian aquellas vidas humanas que no pueden salir de la pobreza, dado que, en gran medida, las riquezas de sus países sirven para alimentar el bienestar de los autodenominados como países desarrollados.

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