Esquilo, las tríadas y la pandemia

Sergio W. Tenis

Cuando el oráculo le vaticinó a Esquilo —uno de los tres “poetas trágicos”— que una casa le caería encima provocándole la muerte, decidió irse a vivir a la intemperie. Ya para ese entonces era conocida la obsesión del calvo dramaturgo por el número tres. En tres dividía sus actos y sus obras tenían forma de trilogía.

¿Por qué ese número, de fuente esotérica, puede ser importante?

Podemos hallar alguna respuesta en la pandemia que acabó con su vida. Esa misma que ahora, miles de años después, nos sigue atormentando.

Esquilo lamenta no haberse comprado una peluca

Tres desgracias en la Comunidad de Madrid en menos de tres décadas. Podría ser una obra de Esquilo. El primer acto lo abriría Esperanza Aguirre, personaje casi entrañable en sus desvaríos, en sus continuos y repetidos episodios de conducción temeraria, en sus extravagancias. La dueña de Pecas (el pobre perro intentó fugarse, sin éxito) se quejaba sobre la gente que ninguneaba la obra del generalísimo: “Los socialistas de hoy pretenden explicar la Guerra Civil como una guerra entre los buenos y los malos, en la que los buenos fueron muy buenos y los malos fueron muy malos, y, además, ganaron”.

¿Pero qué sabe de la guerra? ¿Estuvo alguna vez en el frente? ¿En la retaguardia? ¿O sólo en la Vanguardia?

Esquilo sí. Tanto, que escribió su propio epitafio en el cual únicamente destacó su faceta guerrera. Se enorgullecía de su valor, cosa que en este caso sí compartiría con Aguirre, pues hay que tener mucho coraje para huir de la policía mientras te están multando y chocarle a uno de ellos la moto en el proceso.

De tan vigorosa, temeraria y antisocial conducta de la expresidenta se desprende un odio hacia las instituciones. Quizás por eso se haya esforzado tanto en destruirlas.

Poco después heredó el mando otra anarquista, Cristina Cifuentes. Ávida lectora de Jean Genet, se dejó guiar por aquella máxima suya: “Es más digno pedir que trabajar, pero es más edificante robar que pedir”. Solamente pudieron probar que había hurtado un máster y algunas cremas, pero uno puede imaginar que su labor antisocial fue mucho más allá de eso. Hay que sacarse el sombrero ante su conducta digna de nuestro amado Diógenes.

La tercera calamidad no es el coronavirus sino que Ayuso sea la presidenta durante su expansión. Su descabellada gestión, sus escalofriantes declaraciones, sus contradicciones y su histrionismo que provoca vergüenza ajena la han hecho digna sucesora de su mentora y merecedora de una expresión por sus acciones: hacer ayusadas.

Desafortunadamente, ninguna de las tres ha sabido lidiar con la terrible pandemia que azota al mundo —en particular a España— desde hace tantos años y que le provocó la muerte al mismísimo Esquilo. Por supuesto, me refiero a la alopecia. España es el segundo peor país del mundo en cuanto a la tragedia de la calvicie (y sería el primero si los gallegos no subieran la media). La gente anda por las calles malhumorada, quejándose por la falta de amor, al que no pueden acceder debido al poco atractivo que supone la escasez de esos preciadísimos folículos pilosos. Llenan los bares con la esperanza de obtener alivio carnal u olvido etílico y terminan propagando el COVID.

Las tres expresidentas (apelo a que Ayuso entre en razón y deje su puesto una vez se publique esto) que no supieron combatir esta enfermedad, tienen otra cosa en común. La admiración por esa bandera estampada con un águila que en cualquier momento puede desprenderse de la tela, agarrar a una despistada tortuga Manuelita (la tercera vez que aparece en este blog) y alzar vuelo gallarda, buscando entre las nubes un sitio liso como una piedra donde pueda soltar el caparazón. Las tres ácratas, con los ojos húmedos ante tan majestuoso despliegue, seguirán su trayectoria hacia el claro donde Esquilo lee plácidamente, convencidas de que ningún mal podrá derivarse de tan sublime símbolo.

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