Voltaire contra el fanatismo religioso

Agustín de Hipona

En el día que cierro este artículo (13 de noviembre) se cumplen cinco años del atentado en la sala Bataclan, situada en el bulevar Voltaire del distrito IX de París. Un grupo de fanáticos pertenecientes al denominado Estado Islámico asesinaron a sangre fría a 89 personas que asistían a un concierto. Otros, de manera coordinada, continuaron sembrando el terror en distintos puntos de la capital francesa.

Voltaire

Resulta paradójico que este atentado se produjera en un lugar que lleva el nombre de uno de los grandes filósofos y escritores perteneciente a la Ilustración francesa del siglo XVIII y que con mayor pasión defendió la necesidad de que Francia fuera un Estado laico, al tiempo que arremetía contra los fanatismos religiosos. Pasados los años, en 1905, la Constitución francesa declaró oficialmente al Estado laico, con la separación de los poderes públicos de las confesiones religiosas.

Han transcurrido más de dos siglos desde que sus escritos sobre la intolerancia religiosa vieran la luz, pero, por desgracia, los fanatismos religiosos siguen vivos y respaldados por políticos que se han apoyado en las distintas religiones o sectas religiosas para defender sus proclamas de odio contra la tolerancia, la diversidad cultural y de creencias de las personas. Conviene, pues, que echemos una mirada a este autor y destacar, a través de una selección de párrafos de sus obras, su pensamiento libre de prejuicios y de ataduras.

Puesto que Voltaire era un seudónimo que adoptó en su juventud, y del que nunca llegó a explicar la razón de este apelativo, conviene recordar que su verdadero nombre era el de François-Marie Arouet, que naciendo en París, el 21 de noviembre de 1694, acaba sus días en la misma ciudad a la edad de 83 años, es decir, en 1778.

Es importante indicar que su madre, que falleció cuando contaba siete años, era de familia noble, por lo que el pequeño François-Marie recibió una sólida formación en lenguas clásicas -latín y griego- en el colegio jesuita Louis-le-Grand de la ciudad parisina.

Esto nos lleva a apuntar que a pesar de sus invectivas en la madurez contra la intolerancia religiosa, él consideraba que la existencia de Dios era necesaria para explicar el origen del universo, aunque, una vez creado, no intervenía en su desarrollo ni en los asuntos humanos. Es, pues, lo que se conoce como deísmo, en el sentido de que se afirma la existencia de un ser supremo, pero sin que haya ninguna revelación, ni, en consecuencia, la necesidad de un culto hacia el mismo. Esta posición le generaría un ataque abierto por parte de las confesiones religiosas establecidas.

Tal como he apuntado, de sus escritos extraigo algunos pensamientos, al tiempo que al final indicaré las obras en las que aparecen. Comienzo por la crítica que realiza a los poderes políticos y religiosos como causantes del fanatismo y la intolerancia.

La historia de los grandes acontecimientos de este mundo es poco más que la historia de sus crímenes. No hay siglo que la ambición de los seglares y de los eclesiásticos no la haya llenado de horrores” (EM, vol. I, pág. 371).

En todas las naciones la historia está desfigurada por la fábula hasta que la filosofía llegase para ilustrar a los hombres; y cuando la filosofía aparece por fin en medio de esas tinieblas, encuentra los espíritus tan cegados por siglos de errores que apenas puede desengañarlos; encuentra ceremonias, hechos, monumentos establecidos para constatar mentiras” (EM, vol. II, pág. 801).

No solo la teocracia ha reinado durante mucho tiempo sino que ha empujado a la tiranía a los más horribles excesos que la demencia humana puede alcanzar; y cuanto más divino se proclamaba ese gobierno, más abominable resultaba. Casi todos los pueblos han sacrificado a sus hijos a sus dioses, ya que creían recibir esa orden desnaturalizada de la boca de los dioses que adoraban” (EM, vol. I, pág. 33).

Bajamos los ojos y nos anulamos ante el prodigioso mérito de los que nos gobiernan: en cuanto nos acercamos a ellos quedamos asombrados de su mediocridad” (SOT, p. 43).

Las duras críticas que Voltaire lanzaba a los poderes políticos o al fanatismo nacido de las distintas religiones le llevó a ser encarcelado en La Bastilla en dos ocasiones, al igual que sufrir el destierro de su país. Así, entre 1726 y 1729, vivió su primer exilio en Londres, donde conoció al gran físico Isaac Newton y al filosofo de John Locke, a los que admiraba profundamente. 

En 1756, vio la luz Ensayo sobre las costumbres. En esta obra se encuentra un capítulo dedicado a Miguel Servet, teólogo y científico español que fue enviado a la hoguera en 1553 por el Consejo de la ciudad de Ginebra y de las Iglesias Reformadas, en las que predominaban los calvinistas. Antes de esta obra, había publicado Mahoma o El Fanatismo, habiendo sido también objeto de polémica, por lo que su publicación fue prohibida.

La superstición que hay que extirpar de la Tierra es que al convertir a Dios en un tirano invita a los hombres a ser tiranos” (MEL, página 1137).

La caída del hombre degenerado es el fundamento de la teología de casi todas las naciones antiguas. La inclinación natural del hombre a quejarse del presente y a elogiar el pasado ha hecho imaginar en todas partes una especie de edad de oro a la que sucedieron siglos de hierro” (EM, vol. I, pág. 66).

Si contásemos los crímenes que el fanatismo ha cometido desde las querellas de Atanasio y Arrio hasta nuestros días, veremos que esas querellas han servido mejor que los combates para despoblar la tierra, pues en estos no se destruye más que a los miembros de la especie masculina; pero en las masacres efectuadas por causa de la religión se inmola tanto a las mujeres como a los hombres” (EM, vol. II, pág. 662).

La fama alcanzada por Voltaire ha sido enorme, tanto que se le conoce como el personaje que acuñó el concepto de ‘libertad religiosa’ que hoy utilizamos como un derecho fundamental del ser humano. Por otro lado, su nombre va unido al de la libertad del individuo y al de la tolerancia entre las distintas creencias religiosas. 

Se ha pretendido en varios países que no le estaba permitido a un ciudadano salir de la nación en que el azar le había hecho nacer; el sentido de esta ley es claro: este país es tan malo y está tan mal gobernado que prohibimos a un individuo que salga por miedo a que se vayan todos” (DF, pág. 173).

La única arma que existe contra ese monstruo es la razón. La única manera de impedir a los hombres ser absurdos y malvados es ilustrarles. Para hacer execrable el fanatismo no hay más que pintarlo. Solo los enemigos del género humano pueden decir: ‘Ilustráis demasiado a los hombres, insistís demasiado en escribir la historia de sus errores’. Sin embargo, ¿cómo pueden corregirse esos errores sino mostrándolos?” (EM, vol. II, pág. 931).

Los hombres no son lo suficientemente sabios como para llegar a la tolerancia universal; no saben que hay que separar toda clase de religión de cualquier clase de gobierno (…). Llegará el día en que así sea, pero yo moriré con el dolor de no haber visto esos tiempos felices” (Carta a Elie Bertrand, 19 de mayo de 1765).

Cierro este escueto recorrido por el pensamiento de Voltaire con una frase que me parece fundamental: “Los países en los que hay libertad de conciencia se ven libres de un gran azote: no hay hipócritas” (SOT). 

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Obras citadas:

Ensayo sobre las costumbres o Essai sur les moeurs (EM). 

Diccionario filosófico (DF). 

Mélanges (MEL).

Le Sottisier (SOT). 

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