El género

Fortunata Wolf

De entre todos los metaconceptos, imagino que el metalenguaje debe de ser el más difícil de abstraer, en la comunicación verbal, por su alto grado de autoreferencia, en su caso, absoluta.

Este fin de semana mantuve una acalorada discusión frente a otras cinco personas por el uso de una palabra en un contexto de discriminación sexual. Específicamente, el texto se refería a la abultada diferencia entre los ganadores de premios Nobel (53 mujeres frente a 866 hombres), y se daba como explicación a dicha discrepancia “el sexo”. Las discutidoras en cuestión preferían el término “género” por definir con mayor holgura la variopinta y extensa oferta de planteamientos sexuales y biológicos que tiene el ser humano al nacer, opción que respeto, comparto y defiendo.

Cuidado: peligro de inflexión de los morfemas de género

 

Sin embargo, el término “género” me chirría. Siempre me he imaginado, como en los dibujos animados, a los morfemas “-as” y “-os” blandiendo espadas entre ellos cuando se habla de “violencia de género”, o al pronombre “la” con una nube pensante saliendo de su cabeza cuando se alude a “ideología de género”, o al insigne y solitario “lo” derramando lágrimas con la “discriminación de género”.

Comenzaba yo mi carrera como filóloga cuando en España el discurso sobre la violencia contra la mujer cambió radicalmente. Por fortuna, se dejó de hablar de “crimen pasional” para abordar este tipo de delitos desde una perspectiva discriminatoria por razones de sexo. Poco a poco, el tema fue ganando adeptos y ya no generaba tabúes admitir en público la desventaja histórica de la mujer, lo cual comenzó a estudiarse de manera extensiva en los departamentos de estudios culturales del Reino Unido y Estados Unidos, que pasó a llamarse gender ideology.

Lamentablemente, ni traductores, ni lingüistas ni filólogos hispánicos se preocuparon de acechar ante un más que probable caso de false friend, esperando, pienso yo, que se diluiría con el tiempo. Y efectivamente, pasó lo que tenía que pasar: “gender” fue automáticamente traducido como “género”, término reservado únicamente a la categoría gramatical. Seguro que algún listillo ya estará pensando si el término no comenzaría a estar mal empleando desde el idioma origen, a lo que el diccionario Webster le puede responder que no, que la palabra gender se usa como sinónimo de sex, para identificar categorías biológicas, desde el siglo XV, algo absolutamente lógico si se tiene en cuenta que los vocablos ingleses carecen de género.

De la discriminación sexual de un sexo al otro se pasó a la discriminación sexual en general, pues comenzaron a salir del armario otras categorías sexuales, para las cuales el biológico término “sexo” no daba la talla, y lo cubría mucho mejor el de “género”, que como todo el mundo sabe, tiene mucho más potencial para abarcar. Después de todo, sexos solo hay dos y géneros, tres. Incluso la RAE, conocida y ninguneada en estos ámbitos por su anquilosamiento, hizo un ejercicio de modernidad y admitió que “Dentro del ámbito específico de los estudios sociológicos, esta distinción puede resultar útil e, incluso, necesaria”, aunque siguió condenando el uso de “género” como sinónimo de “sexo”. Al fin y al cabo, se trata de una institución mayoritariamente gobernada por hombres, ¿qué nos podíamos esperar?

Volvamos al texto inicial, que reproduzco: “Está en nuestras manos abrirnos paso en una sociedad pensada por y para los hombres para poder acceder a la igualdad de derechos, romper el techo salarial y dejar de ser ninguneadas y agredidas por razones de sexo”. Mis acaloradas interlocutoras querían alterar mi texto sustituyendo la dichosa palabrita. ¿Qué significado tendría entonces el texto? Efectivamente, que las mujeres son agredidas porque usamos de una manera diferente los morfemas de género, lo cual tampoco me extrañaría, a tenor de la invasión de @ para indicar ambos géneros, uso inútil de los dos géneros cuando el español ya posee un mecanismo para reflejar ambos, lo cual justifica la conocida herramienta de la economía del lenguaje o mi preferido, el morfema inventado “-es”.

Aquí es cuando interviene el metalenguaje. Yo les expliqué lo que acabo de reflejar arriba, que “género” es una categoría gramatical, que en ese contexto no tiene mucho sentido, y ellas me respondían, muy indignadas, con un agitado discurso sobre la defensa de la multitud de categorías biológicas sexuales que existen. A continuación, les intentaba explicar que estaba totalmente de acuerdo con el contenido de su arenga, pero insistía en el mal uso del término. ¿Para qué sermonear con peroratas lingüísticas? Yo ya estaba clasificada como el enemigo, que discriminaba. Intenté salir en mi defensa unas cuantas veces, volver con el asuntillo de la mala traducción, pero con cada argumento, el alegato se iba haciendo más apasionado y yo, con razón, más intolerante.

En ningún momento se acercaron nuestras posiciones. Yo quedo como el guardián del averno, a cuya puerta me encadeno con tal de conservar la pureza del lenguaje, mientras un ejército de batalladores me acecha a diestra y siniestra. Sabemos que una palabra se vuelve normativa cuando su uso se hace extensivo. Estoy segura de que en un futuro no muy lejano, “género” tendrá entre sus acepciones el de categoría sexual no basada en la biología.

Entonces podremos vislumbrar tristes y abatidos, malolientes cual vagabundos sin casa, desamparados cual apátridas sin bandera, a los desahuciados morfemas de género, descuidados como niños que descubren un nuevo hermanito.

2 comentarios sobre “El género

  1. El tema es de gran interés, por lo que pienso que, a partir de la experiencia como profesor universitario, creo conveniente explicar, en un artículo que sirva como ampliación de lo expuesto, el problema que se genera cuando se le dice al alumnado que hay que desdoblar los genéricos en sus escritos ya que de este modo se defiende la igualdad.

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