María Elena Walsh, la tortuga Manuelita y el reino del revés

Sergio W. Tenis

La poetisa y compositora María Elena Walsh siempre tuvo una pluma política. Recordemos, aprovechando que recordar no cuesta demasiado dinero, su canción sobre la tortuga Manuelita. En ella, la protagonista peregrina desde Pehuajó (Argentina) hasta París para ponerse en forma y no ser atrapada por el ágil Aquiles, asunto que ya fue insatisfactoriamente abordado en una entrada anterior.

A estas alturas no cabe la menor duda sobre los tintes anarquistas de su canción titulada “El reino del revés”, ni de que ese reino sea España. Esta afirmación deriva de su letra, tal como se argumentará deficientemente a continuación mediante el análisis de un párrafo clave.

La tortuga Manuelita se prepara levantando peso y haciendo sentadillas para poder huir de Aquiles.

 

No perdamos el tiempo, que mañana me voy de vacaciones, y empecemos por la estrofa más reveladora de la canción “El reino del revés”:

“Me dijeron que en el Reino del Revés
nadie baila con los pies,
que un ladrón es vigilante y otro es juez
y que dos y dos son tres”.

Cuando dice que “un ladrón es vigilante” es obvio que alude al caso Villarejo, adjuntando también una necesaria crítica a la justicia. Vigilantes y jueces, corruptos por igual. Nos hace sospechar que alguna iniquidad haya recaído sobre la pobre tortuga Manuelita al pasar por el reino del revés, lleno de gente que se siente muy orgullosa por su bandera e historia, pero al mismo tiempo rinde vasallaje a monarcas de cuestionable moral.

Respecto a que “nadie baila con los pies”, es arriesgado —pero posible, si uno tiene la suficiente imaginación— conjeturar que la autora se refería a esa efímera ley que permitía abrir discotecas durante la desescalada, pero prohibiendo el baile. Se iniciaba entonces el debate sobre si un vaivén cuenta como danza o no, y por lo tanto si debería estar sujeto a una penalización. Dado que mecerse de pie es lo más parecido a un baile que he podido ejecutar, yo abogaría por calificarlo como delito punible. Pero profundizar en el tema conllevaría tutearse con el ridículo, terminaríamos discutiendo si zapatear mientras te quemas en la arena caliente cuenta como flamenco y este artículo perdería su solemnidad.

¿Cómo habrá reaccionado Manuelita ante esta norma de la discoteca-sin-baile? Deduzco que se habrá desorientado un poco, como con otras tantas que salieron de la misma bolsa: toser en el codo y saludar con el codo recién tosido, las caceroladas de los pijos, los nacionalismos buenos y malos, los hospitales públicos cerrados para mandar a los pacientes a privados y luego pagar esos ingresos con fondos públicos o las cuantiosas inversiones para formar profesionales y que ellos terminen trabajando en el extranjero.

En la misma estrofa se agudiza la crítica de María Elena, apuntando a la censura. Con sutileza desliza la supuesta imprecisión matemática: “dos y dos son tres”.

¿Qué diablos nos quiere decir?

Tras una inoportuna sesión de reiki pélvico pude entender que aludía a esa ley oscura que nos oprime y sigue en vigor —por si el lector se ha despistado o fuma demasiada hierbabuena, hablamos de la ley mordaza—. En efecto, la referencia a la célebre frase de “1984” es clarísima:

La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sí solo”, nos cuenta allí George Orwell.

Muy bien, son varias protestas, pero ¿por qué Walsh se arriesga a esgrimirlas? Es más, ¿para qué darles eco aquí, por qué siquiera preocuparse por luchar un poco? ¿No sería mejor esperar a que las cosas se resuelvan solas?

Dejemos que sea María Elena quien lo conteste:

«Cuando el censor desaparezca, ¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista!, estaremos decrépitos y sin saber ya qué decir. Habremos olvidado el cómo, el dónde y el cuándo y nos sentaremos en una plaza como la pareja de viejitos del dibujo de Quino que se preguntaban:  “¿Nosotros qué éramos…?”»

La escritora nos incita a actuar. Aunque nos sintamos lentos y viejos como una tortuga, que caminemos hasta alcanzar nuestro propósito. Peregrinemos como lo hizo la tortuguita cuando fue a Europa y pasó por el reino del revés. Sí, emigró y la trataron mal, la insultaron por ser sudamericana y las autoridades, en vez de protegerla, afirmaron que no se trataba de racismo. Hasta la acusaron de propagar enfermedades por su “mal modo de vida”. De todas formas sobrevivió, fue valiente, aprendió a hacer cosas.

Me gustaría decir, nuevamente, que la historia tiene un final feliz, pero esta vez la cruda realidad es lo que nos toca de cena. La última estrofa de “Manuelita, la tortuga”, que por motivos de pereza no analizaré en profundidad, describe su decadencia final. Vuelve derrotada y envejecida a Pehuajó, baja el listón y sólo aspira a que algún viejo verde (“tortugo”, según dice la letra) le brinde amor o por lo menos algo de cariño, para no tener que morir, además de humillada, cansada y triste, en absoluta soledad.  

Un comentario en “María Elena Walsh, la tortuga Manuelita y el reino del revés

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