Zenón de Elea, Instagram y el negocio del millón de dólares

Sergio W. Tenis

La reductio ad absurdum puede desmoronar argumentos bien cimentados y hacerte ganar batallas verbales a traición. Por lo tanto, se usa frecuentemente en discusiones de bajo nivel, como la de los bares o las del Congreso.

Zenón de Elea fue conocido por aplicar ese método con los mismos fines —humillar a sus rivales— cobrando fama por sus paradojas sobre el movimiento. Una de las más célebres es la de Aquiles persiguiendo a una tortuga. En cada instante, el sudoroso héroe recorta la distancia que los separa a la mitad. Siguiendo esa línea de pensamiento, continuará reduciendo la brecha eternamente, sin jamás llegar a atraparla: siempre le quedará otra mitad, por muy pequeña que sea, por recorrer.

Desorientados por la paradoja, nadie —hasta ahora— se había formulado las preguntas más relevantes: ¿por qué Aquiles perdería su valioso tiempo en tan absurda persecución? La expresión: “se te escapa la tortuga”, acuñada por otro superhéroe, ¿tiene algo que ver con todo este asunto? ¿Qué fue primero, el huevo o la tortuga?

Aquiles jamás alcanzará a la maratónica tortuga

 

La más ridícula y vergonzante disputa en la historia de la ciencia se debió al cálculo infinitesimal, entre Newton y Leibniz, que luego de unos 2500 años por fin zanjaría la paradoja de Aquiles y la tortuga.

¿Pero realmente solucionaría el problema de la inocente tortuga?

No lo creo.

Meditemos sobre el comportamiento de Aquiles. Persigue a la tortuga —y no a una liebre, por ejemplo— porque quiere un premio fácil, incluso si la recompensa de la caza tiene peor sabor. Desea la gloria exprés, como la ambicionaron él y todos los demás en Troya, dispuestos a asesinar a personas que ni siquiera conocían sólo por ser famosos.

Quizás Zenón deslizaba un mensaje más profundo. Nos invita a cuestionar si la felicidad precocinada —en vez de ser exclusiva de nuestros tiempos— no es en realidad algo inherente al ser humano.  La cómoda búsqueda de la fama, desde el sillón de nuestra casa, ¿nos puede conducir a lo peor?

Aquiles, hoy en día, pediría la sopa de tortuga en glovo, ahorrándose el esfuerzo de perseguirla. Buscaría parejas plug and play por Tinder. Y, por supuesto, tendría su perfil en las redes sociales, porque Instagram es una herramienta mágica para recibir reconocimiento sin que tengamos que dejarnos la piel en la guerra. Allí, aunque nos sintamos muertos por dentro, podemos subir fotos de viajes y fiestas con amistades superficiales, demostrar lo terriblemente enamorados que estamos de nuestra desalmada pareja o enseñarles a todos —es decir, a un mundo al que le interesamos muy poco— lo genial que la pasamos. Gracias a los likes podemos validar nuestra popularidad y aunque la angustia —como Aquiles en la paradoja— nos muerda los talones, confiamos en que no vaya a alcanzarnos mientras continuemos visitando frenéticamente playas para seguir ejercitando  intensamente, casi sin descanso, la felicidad.

No son todas cosas tan alegres como las arriba descritas las que nos proporcionan la redes. La adicción al teléfono también genera ansiedad. Necesitamos reacciones en el tiempo de un click, siendo tan grande la desesperación y tan profunda la soledad que se ha capitalizado la necesidad de aceptación hasta el punto de generar uno de los mayores negocios en la historia de la humanidad: Facebook vale actualmente más de 70 mil millones de dólares.

Aparejada a la ansiedad viene el sentimiento de frustración ante planes de largo recorrido. El trabajo se ha transformado en una tortura necesaria para obtener dinero, para comprar la felicidad que reluce tras los escaparates, en vez de ser un objetivo en sí. Buscamos atajos, en vez de disfrutar del camino y, lo que es más triste, como estamos ya acostumbrados a llegar tan rápido, tampoco disfrutar mucho del destino.

¿Quién no ha tenido un pariente no quiere “trabajar como los demás”? Sí, de esos que aspiran a hacerse ricos de la noche a la mañana, de los que persiguen el negocio del millón de dólares. Siempre lo tienen al alcance de las manos, pero se les escapa entre los dedos, como una tortuga embadurnada de aceite.  Lo curioso es que se pasan años y más años —toda la vida— trabajando durísimo para “no tener que trabajar”, algo parecido a lo que le ocurrió a Aquiles, que pretendía tomar Troya en un par de días y la guerra terminó durando diez años.

Por lo menos la paradoja de Zenón, que en teoría es de lo que iba esta entrada, tiene final feliz. Aquiles, aunque con muchos likes, murió en Troya muy joven y muy solo. La tortuga escapó hacia la costa, disfrutando de cada paso. Fue madurando su vida con serenidad, ilusionada al edificar sus proyectos a futuro, cuidando y siendo cuidada por contados —pero cercanos— seres queridos, respetando a la naturaleza y aprovechando, entre refrescantes chapuzones, de una larga, pacífica y satisfactoria vida.

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3 comentarios sobre “Zenón de Elea, Instagram y el negocio del millón de dólares

  1. Un Instagramer famoso, un tal Cortázar, coincidía en la felicidad inmóvil, la felicidad de sillón:
    “La felicidad tenía que ser otra cosa, algo quizás más triste que esta paz y este placer, un aire como de unicornio o isla, una caída interminable en la inmovilidad”.

    Me gusta

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