Los santos terroristas, la señora marquesa y el señorito

Cayetano Tinti                                                                                                                                          

En otro ranking más, esta vez de las 30 mejores películas españolas, la ganadora fue ‘Los santos inocentes’ de Mario Camus. Echo en falta a muchas películas, pero bueno, así son los rankings y no deja de ser un pequeño juego. Lo que sí es cierto es que es una gran muestra de lo que es España, con esa representación de la figura del señorito y la señora marquesa.  Como sucedía en la película ‘La rosa púrpura de El Cairo’ de Woody Allen, parece que los personajes han atravesado la pantalla: el señorito y la señora marquesa ahora actúan en el Congreso.

La señora marquesa y el señorito dando indicaciones al servicio

 

Para quien no haya visto la película, la historia es sencilla: una familia trabaja en las tareas de cuidado de un cortijo mientras sus dueños se afanan en quehaceres tan productivos como los de Diógenes en el mercado de Atenas. Empero, al contrario que nuestro querido Diógenes, su intelectualidad es tal que llevarían una calculadora a un examen de Lengua.

La señora marquesa se dedica ora a recriminar al servicio lo malolientes que son ora a repartirles monedas si han sido afanosos y el señorito a cazar – aparentemente no sabe hacer otra cosa. Cuenta la leyenda que cuando vendían como esclavo a Diógenes le preguntó un potencial comprador qué sabía hacer. “Ser amo, eso sé hacer”, respondió. Hizo tanta gracia que lo compró y fue el instructor de sus hijos. Está claro, hacer de señorito o señora marquesa lo hace el más tonto pollas de este ancho mundo. Lo que no hace cualquiera es cuidar del ganado, labrar la tierra, cuidar de las personas enfermas, filosofar, enseñar, etc.

Pero “Spain is different” y no creo que el señorito o la señora marquesa hubieran entendido la ironía de Diógenes. Quizá lo hubieran comprado, pero no para ninguna instrucción, que en un par de meses se consigue una licenciatura en este país. Los señoritos no están para ir a la universidad ni formarse y mucho menos esos andrajosos que les sirven, como mucho que aprendan a escribir su nombre. Quizá esta es la escena más estremecedora de la película por la pena que da el que no puede instruirse y la repugnancia del que se lo impide, que encima se mofa de ello.

A la señora marquesa le gusta que la vitoreen esos sucios labriegos y que recojan su paguita, pero se la da ella y su nietecito. ¡Qué es eso que dicen los social-comunistas de la renta mínima garantizada! ¡Cómo le van a quitar ese placer a la señora marquesa! Lo que tienen que hacer es tener muchos hijos, que cuiden el cortijo y se dejen de educación pública de calidad, sanidad universal y sandeces por el estilo.

Si bien es cierto que esta jerarquía se ha mantenido y aún perdura no es muy estable. Muchas personas se niegan a estar sometidas constantemente y loar a quien no tiene más mérito que ser hija un marqués. Ser hijo de alguien no es ninguna vergüenza, sea quien sea tu padre. Sí lo es litigiar por tener un título nobiliario que, en última instancia, no dice de ti más que uno de tus antepasados mató a muchas personas por obtenerlo. A diferencia de los títulos académicos, se conseguían a base de hincar espadas y no los codos.

En cualquier caso, la marquesa no nace, se hace, es una condición que va más allá de que lo reconozca un papel. Consiste, entre otros inútiles menesteres, en poner en fila a la servidumbre y que recojan su paguita. Quien ose objetar algo no dudará la marquesa en mentar a quien haga falta, presente o no, y difamarlo, porque su sitio es estar en la cola recogiendo la paguita del marquesado, no el salario de un Estado democrático. Por eso la señora marquesa ha atravesado la pantalla, para poner en fila a todo este país de andrajosos y vagos.

No contaré el final de la película, pero no acaba bien ni para el señorito ni la señora marquesa. Probablemente tildarían de terroristas a esos sucios sirvientes, como ya hacen fuera de la pantalla, obviando que sus títulos nobiliarios y estatus se mantienen a lo largo de siglos imponiendo el terror a quienes subyugan. El terror como forma de mando y gobierno. Que cada cual extraiga sus conclusiones y piense lo que significa ser un terrorista.

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